Comprando unos altavoces - 2 Por fin tiempo libre…
Feb 11

La verdad es que hoy me ha pasado una cosa fuera de lo habitual.

Iba yo tan tranquilo de vuelta del Instituto hacia mi casa, cuando me encontré una moneda de 1 céntimo de €. Al agacharme a cogerla noté presión  sobre el oído: ya se me estaba pasando el efecto de la medicación.
Como he pillado el resfriado común y una otitis, tomo un par de medicinas para estar mejor en el instituto, pero tras las clases el efecto se pasa.

Como iba diciendo, estaba ansioso de llegar a casa, y no me quedaba mucho trayecto, cruzaba la calle y me metía en el patio de mi finca.

Estaba a punto de  llegar al otro lado de la calle, cuando un viejo señor me dice: “Chavalín”.

Me giré, y hay estaba el viejo señor, con una muleta y con una mano en la espalda.
Me pidió que recogiera unas recetas en la farmacia. La farmacia estaba cerca de mi casa, al final de la calle.

La verdad  es que me dio pena: parecía que estaba cansado, además de tener una pierna o las dos mal.
Acepté, y fui a la farmacia. Antes de comenzar el trayecto me dijo: “Estaré en el bar”.

Inmediatamente pensé: “Ya le vale, ¿¿yo que estoy enfermo tengo que ir  a por unas recetas de un viejo señor que no conozco de nada??”.

Cuando iba de camino pensé que tal vez iba a por recetas de esos medicamentos que tanto anuncian por email, y que tantas veces borramos nada más ver los títulos sin relación con el contenido. La verdad es que la idea me asustó. Mis padres y mis abuelos van a comprar las medicinas a esa farmacia… ¿¿que pasaría si la farmacéutica les decía que había recogido esas medicinas??

Miré la receta, ponía algo como “Doxnom”, pero con la letra que tienen los médicos que no entienden ni ellos, podría haber puesto cualquier cosa.

Pero en fin, como ya estaba cerca, seguí hasta llegar a la farmacia. Hoy era una tarde sin clientela, sólo había una farmacéutica, y ningún cliente.
Le dije que iba a recoger las medicinas. Miró el papel y trajo la caja. Entonces me dijo que faltaba el número del carnet de la seguridad social. Me preguntó si lo llevaba encima. Le dije que las recetas no eran mías, y me dijo que entonces debían de ser de mi abuelo y que le dijese su segundo apellido.
Jo, ni idea de cual era… ¡¡si no conocía a ese viejo hombre de nada!!
Le dije que no lo sabía. Me miró con cara de sorpresa. Le dije que no era para mi abuelo, y entonces me devolvió la receta y me dijo que no podría recoger yo los medicamentos.

La verdad, recogí la receta y me fui de vuelta al bar (más cerca de mi casa que la farmacia, pero aún así me tocaba andar más).

Yo no me encontraba bien, tenía ganas de llegar a casa y tumbarme a descansar, no recogerle las medicinas a un viejo hombre que no conocía de nada y que mientras iba y venía estaba en el bar bebiendo descansando.

Llegué, le dije que faltaba el número de la seguridad social. Él me respondió que era para el marido de Pilar. Yo ni idea de quien era el marido de Pilar. Entonces vi el futuro: yo yendo y viviendo de la farmacia hasta que el viejo señor se cansase.
Me negué. La visión del viejo hombre leyendo el periódico sin intención de ir él mismo me animó, junto con mi cansancio, a no ceder más.

En realidad no debería haberle hecho caso al principio, así que le respondí que tenía prisa y que tenía que llegar pronto a casa. Ambas cosas eran verdad, tenía prisa, aún podía encontrar a mi madre en casa y pedirle que me diese las medicinas para el resfriado. Además tenía que llegar pronto a casa, porque, aunque no lo sabía en ese momento, iba a recibir una llamada importe de parte del administrador de la finca, al que le dije que llamase más tarde.

La verdad es que me siento estafado. Ese viejo señor no pensaba ir él mismo, cuando me negué respondió que ya se lo pediría a otro. Obviamente ni me inmuté, sólo lo siento por el pobre del otro que vaya a por las medicinas, y se tire más rato que yo para recogérselas al viejo señor para que él no se tenga que levantar y dejar de beber y leer el periódico.

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